Durante este mes, en el cual se celebra en muchas partes el día del padre, vale la pena hacernos una pregunta que pocas veces nos llegamos a plantear:

¿Qué aprendí del amor a través de mi padre?
Algunos crecimos con un padre presente, otros con uno distante, otros sin su presencia. Algunos recibieron palabras de aliento; otros aprendieron a leer el amor en silencios, ausencias o esfuerzos que nunca se nombraron. Otros por el momento de vida recibieron gritos, heridas y rechazo.
Sin embargo, independiente de la historia y el viaje de cada uno, la figura paterna es el centro y pilar de las primeras referencias de lo que significa la seguridad, la protección, la fuerza, la dirección y el lugar que ocuparemos en el mundo.
Por eso, hablar de la figura paterna es de igual forma hablar de energía masculina.
No estamos hablando de las referencias culturales asociadas a la masculinidad, sino de una fuerza desarrollada para ayudarnos a avanzar en cada paso de nuestra vida, a tomar decisiones, establecer límites y sostener nuestros propósitos.
Es importante tener en cuenta que no estamos hablando de las referencias de masculinidad, ya que con frecuencia confundimos la energía masculina con dureza, exigencia y control.
Pero la energía masculina tiene poco que ver con dominar y más en el sentido de expresar firmeza y sostenimiento.
Es la capacidad de permanecer cuando las cosas se ponen difíciles.
Es la firmeza que nos permite decir “sí” cuando estamos comprometidos con algo y también para decir “no” cuando necesitamos enfocarnos y cuidarnos a nosotros mismos.
Esta energía nos permite dar pasos hacia nuestros sueños sin perder el sentido de lo que somos y de nuestros valores.
Cuando esta energía se desarrolla de forma saludable, podemos encontrar y sentir dirección, confianza y estabilidad en nuestro camino.
Cuando se presente una herida en la relación con esta energía masculina, pueden aparecer la rigidez, la dureza, el exceso de control, la desconexión emocional o, por el contrario, la dificultad para asumir responsabilidades y tomar decisiones, pierdo seguridad y confianza.
Las huellas invisibles…
Muchos de nosotros siendo adultos continuamos buscando respuestas e interrogantes en experiencias que tuvieron lugar décadas atrás.
No porque estemos inmersos y atrapados en el pasado, sino porque algunas heridas permanecen activas hasta que no encontramos el sentido y el origen de cada una de ellas.
Un padre ausente puede dejar preguntas sobre el propio valor.
¿Por qué no estuvo conmigo?
¿Qué estará mal en mí?
Un padre excesivamente crítico puede sembrar la sensación de que nunca es suficiente; entonces aprendo que debo intentar ser perfecto para ganar.
Un padre emocionalmente distante puede dificultar mi confianza en los vínculos.
Y un padre presente, amoroso y cercano puede convertirse en una base interna poderosa de seguridad que me va a fortalecer durante toda la vida.
Buscar sanar esta parte de mi historia no significa justificar
La mayoría de las personas creemos que, al intentar sanar la relación con mi padre, vamos a justificar o minimizar lo ocurrido o negar nuestro dolor.
No es así.

Simplemente sanar significa mirar la historia con honestidad.
Reconocer lo que faltó.
Honrar las emociones que quedaron guardadas.
Ver a la luz el dolor que me causó.
Y, poco a poco, dejar de cargar el peso de seguir esperando que el pasado sea diferente.
Dejar de intentar cambiar al padre y la historia que tuve y comenzar a construir el adulto que quiero ser ahora.
Una invitación para reflexionar
Aprovechando la simbología de este mes, sea un llamado para preguntarnos:
