Un viaje para encontrarnos
Existen preguntas que podemos responder de forma automática
¿Cuál es tu nombre? ¿A qué te dedicas? ¿Con quién compartes tu vida?
Pero hay otro tipo de cuestionamientos que, cuando los hacemos de verdad, y se hacen desde muy adentro, nos dejan en silencio.
¿Quién soy yo?
Quizás nuestras primeras respuestas aparecen desde los roles o desde los logros. Desde los roles: soy mamá, soy hijo, soy pareja, soy profesional, soy amigo, soy quien cuida o quien trabaja. Y desde los logros: tengo prosperidad, tengo fama, he conseguido esto…

Y sí, todo esto hace parte, pero no es todo lo que somos.
Y si nos quitan todas las etiquetas…
¿Quién eres cuando nadie espera nada de ti?
¿Quién eres cuando dejas de intentar cumplir expectativas ajenas?
¿Quién eres cuando ya no puedes nombrarte desde lo que haces, lo que has logrado o lo que tienes?
En la práctica, pasamos mucho tiempo intentando convertirnos en la visión de lo que creemos que debemos ser, y terminamos perdiendo el foco, el sentido y la conexión con quien realmente somos.
Durante el camino de nuestra vida vamos recogiendo mensajes sobre nosotros mismos. De nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestras relaciones, de las experiencias que dejaron algún tipo de huella.
Y vamos construyendo ideas y creencias que asumimos como verdad, por ejemplo: Que ser fuerte es no llorar. Que ser bueno es decir que sí. Que equivocarse es fracasar. Que necesitamos agradar para sentirnos queridos. Que debemos poder con todo.
Y cuando estas creencias se repiten durante años, dejan de sentirse como ideas aprendidas y comienzan a ser parte de nuestra realidad. Sin darnos cuenta, aquello que nació como una manera de responder a las expectativas de nuestro entorno termina sintiéndose como nuestra propia identidad.
Por eso conocernos es una parte del camino, que no siempre significa descubrir cosas nuevas. Muchas veces significa cuestionar la imagen que hemos creado.
¿Por qué consideramos tan real la forma en que nos vemos?
Teniendo en cuenta que, en nuestra propia visión nuestra historia y autoestima influye.
Las veces que no fuimos valorados y las veces que sentimos que no éramos suficientes también nos dejan una marca.
Nos acostumbramos a mirarnos desde una visión negativa, olvidando todo lo que hemos logrado ó también podemos construir una versión de nosotros que necesita aparentar ser fuerte todo el tiempo para evitar sentir el dolor de la herida.
Y así, sin fijarnos, creamos y vivimos desde una foto que no muestra toda la historia.
Tal vez te has repetido: (yo soy de mal genio), (yo soy así), (yo no puedo), (todo me sale mal) o (soy fuerte).
¿y si algunas de esas frases no fueran la imagen completa, sino una manera que encontramos para comprender determinadas experiencias?
Conocernos también implica abrir la puerta para esta posibilidad.
Este camino no significa observar únicamente aquello que nos gusta de nosotros. También es lograr ver nuestras sombras.
Este es el fondo que nos cuesta reconocer. La necesidad de aprobación. La dificultad para poner límites. La tristeza que hemos aprendido a evitar. Las veces en que reaccionamos de una forma automática.
Aunque también tenemos la dulzura, la capacidad de amar, la sensibilidad, la valentía, la capacidad de levantarnos a pesar de las caídas.
Somos todo eso. Somos luz y oscuridad.
Por eso volver a nosotros y construir el camino, requiere paciencia. No se trata de levantarnos un día y encontrar una versión perfecta de nosotros.
Por ello, pregúntate “¿quién soy yo?” no tiene que resolverse de una vez y para siempre.
Puede simplemente acompañarnos en el viaje. Convertirse en el silencio en medio de tanto ruido.
En una oportunidad para compartir tiempo con nuestra forma real y auténtica.
Al final no se trata de encontrar la solución a un problema o la respuesta a un interrogante.
Quizás se trata de dar un paso para conocernos más allá de nuestros roles y etiquetas.
De lograr observar la historia completa de la foto. Aceptar nuestra historia
La pregunta se convierte en una invitación a realizar una pausa, escucharnos y tener una mirada honesta y sin juicio.
Porque a veces conocernos no se traduce en encontrar a alguien perdido; significa volver a escuchar a alguien que siempre estuvo ahí.
