Perdonar no es decir que estuvo bien.
Tampoco es olvidar, ni volver, ni apurarse. A veces perdonar es simplemente dejar de exigirnos que ya deberíamos estar bien. Es mirar con compasión a la persona que fuimos, que hacía lo que podía con lo que sabía entonces.
No podemos cambiar lo que pasó, pero sí la forma en que lo llevamos con nosotros.
Y tú, ¿qué sigues cargando hoy?
Hay momentos en la vida en los que sabemos que necesitamos cambiar, pero no siempre sabemos por dónde empezar.
A veces pensamos que cambiar significa tomar nuevas decisiones, comenzar algo distinto, tomar distancia de ciertas personas, o atrevernos a hacer algo que antes no hacíamos. Y sí, muchas veces el cambio está ahí. Pero hay otros modelos de cambio que ocurren más adentro, en ese lugar al que pocos tienen acceso, y es aquel donde guardamos las historias que todavía nos duelen.
Porque hay cosas que pasan y que, aunque el tiempo continúe su curso, de alguna manera siguen viviendo dentro de nosotros.

Una palabra que nos dejó huella, una relación que terminó de manera inesperada, una decepción, la ausencia de alguien cercano, o algo que nos hicieron y que todavía nos cuesta comprender. Incluso la culpa por algo que nosotros mismos hicimos y que aún continuamos sin comprenderlo.
Es ahora donde aparece una palabra que puede despertar muchas emociones: la palabra perdón.
Sobre el perdón hemos escuchado tantas cosas como: que es importante, que hay que perdonar para sanar, que perdonar nos hace libres. Pero cuando nos toca vivirlo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente y cuán difícil puede llegar a ser este proceso.
Perdonar no es decir que lo que pasó estuvo bien. Tampoco significa olvidar, pasar la página como si nada hubiera ocurrido o volver a permitir que alguien nos haga daño. Mucho menos implica que tengamos que reconciliarnos con aquella persona que nos lastimó. Algunas veces podemos perdonar y, al mismo tiempo, tomar distancia.
Podemos comprender una historia sin justificar lo que ocurrió. Podemos cerrar una puerta y, aun así, encontrar paz con lo que hubo detrás de ella.
Quizás el perdón no tenga tanto que ver con la persona que nos hizo daño, sino con la relación que queremos construir con nuestra propia historia.
Cuando una herida permanece abierta, cualquier roce puede volver a doler y terminamos viviendo a la defensiva. Empezamos a tomar decisiones desde el miedo a que nos lastimen de nuevo. Nos protegemos tanto que terminamos levantando barreras, alejándonos incluso de aquello que realmente queremos.
Entonces, llega un momento en el que podemos hacernos otra pregunta:
¿Qué quiero hacer hoy con aquello que me pasó?
No tenemos una máquina del tiempo para cambiar lo que ocurrió, pero sí podemos transformar la manera en que nos relacionamos con ello.
Ese cambio puede comenzar con algo pequeño como permitirnos reconocer que todavía hay cosas que duelen, como dejar de exigirnos estar bien todo el tiempo, como atrevernos a mirar aquello que durante mucho tiempo hemos guardado y aceptar que algunas respuestas quizá nunca llegarán.
Y también podemos comenzar por perdonarnos, porque hay veces en las que a la persona que más nos cuesta perdonar, es a nosotros mismos.
Nos reprochamos haber confiado, sentimos culpa por habernos quedado demasiado tiempo en un lugar, por haber tomado una decisión o por no haber dicho algo cuando tuvimos la oportunidad de hacerlo. Miramos hacia atrás con la claridad que tenemos hoy y juzgamos a la persona que éramos entonces por no haber sabido lo que ahora sabemos. Aquella versión de nosotros también estaba haciendo lo que podía con las herramientas que tenía en ese momento.
Tal vez perdonarnos sea reconocer que no siempre supimos hacerlo mejor. Que también hemos aprendido a través de nuestros errores y que crecer no significa haberlo hecho todo bien, sino poder mirar lo vivido con mayor objetividad y elegir de manera diferente cuando la vida nos vuelva a poner frente a algo parecido.
También hay experiencias que nos dejan preguntas para las que no siempre encontramos respuesta. Hay situaciones que quisiéramos comprender, momentos que desearíamos que hubieran sido diferentes y pérdidas cuyo sentido nos cuesta encontrar.
Y quizá sanar no consista necesariamente en encontrar una explicación.
Quizá, en algunos momentos, sanar sea aprender poco a poco a vivir con aquello que no podemos cambiar, sin permitir que esa experiencia ocupe todo el espacio de nuestra vida.
Perdonar, entonces, no tiene que ser un acto repentino. Puede tomar tiempo, tener avances y retrocesos, y exigirnos más paciencia de la que imaginábamos. Hay días en los que sentimos que hemos logrado soltar un poco y otros en los que aquello que creíamos superado vuelve a doler.
Y está bien. No tenemos que apresurarnos.

El perdón no debería convertirse en otra exigencia. Podemos simplemente empezar preguntándonos: qué seguimos cargando y si todavía queremos llevarlo con nosotros.
A veces, perdonar significa poner límites donde antes no los poníamos, elegir relaciones diferentes, hablar cuando antes guardábamos silencio o aprender a tratarnos con más compasión. Significa reconocer que lo vivido hace parte de nuestra historia, pero que todavía tenemos la posibilidad de elegir cómo queremos continuar escribiéndola.
Porque evolucionar no significa borrar nuestro pasado ni dejar de sentir dolor. A veces, evolucionar es aprender a mirarnos con más comprensión, reconocer lo que hemos vivido y descubrir que, incluso después de experiencias difíciles, podemos encontrar otras maneras de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Quizás el verdadero poder del perdón esté ahí: en recuperar la libertad de decidir qué hacemos con aquello que nos pasó.
“Lo que viví hace parte de mi historia, pero no tiene que determinar mi presente ni mi futuro”.

