Existen momentos en la vida en los que atravesamos diferentes situaciones y llega un instante puntual en el que se nos cruza un pensamiento: sé que algo no está bien conmigo… pero no logro entender qué es.

Es una sensación difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. Se refleja en formas de sentir, de reaccionar y de relacionarse que se repiten, incluso cuando ya no queremos que estén ahí.

A veces aparece en una discusión que escala más de lo que esperamos. O en una emoción que se queda en nosotros por más tiempo del que debería. O en ese pensamiento silencioso de “¿por qué sigo haciendo lo mismo si sé que me hace daño?”.

Y aunque intentamos cambiar o la sociedad nos lleve a evitar ciertas distracciones, leyendo, hablando, prometiéndonos que esta vez será diferente, hay algo bajo capas que aún se mantiene.

Porque muchas de estas sensaciones, pensamientos y respuestas no nacieron hoy.

Se formaron a través de momentos en los cuales estábamos aprendiendo a vivir, a relacionarnos con otros, a protegernos de situaciones difíciles. Momentos en los que no contábamos con herramientas suficientes, pero sí una necesidad de sobrevivir y adaptarse emocionalmente a lo que encontramos en el día a día. Y lo hicimos como pudimos.

Con el tiempo, esas formas de respuesta se volvieron algo automático.

Dejamos simplemente de cuestionarlas y hacerlas parte de lo que somos, de “quién soy”, cuando en realidad son parte de mis aprendizajes.

Es allí en donde empieza una de las mayores confusiones: consideramos que nuestro dolor nos identifica y hace parte de nuestra identidad, cuando la realidad, solo es parte de nuestra historia.

Necesitamos entender cuál es nuestra verdadera identidad, mirar nuestra historia sin juicio, con presencia y conciencia.

Pero lograr encontrar con claridad está consciencia en el día a día resulta muy complejo en medio del ruido y a veces el caos de nuestra vida. La monotonía, las responsabilidades, las rutinas diarias… son pocas ocasiones las que permiten parar, pausar para observar sin prisa. Para sentir sin distracciones. Para transitar en vez de evadir.

Por eso, los espacios donde pueda contar con un simple “tiempo fuera”. Son una oportunidad única para lograr está observación consciente y ver en el espejo mi identidad.

El retiro de Herramientas para la Vida en Yerbabuena SAT Gestión Emocional ofrece justamente está desconexión: un espacio donde las personas puedan encontrarse con su propia historia.

No desde la culpa, si no desde la responsabilidad; No de la exigencia de cambiar todo en un momento, sino desde la pausa para observar qué hay detrás de lo que hoy siento, pienso y actuó.

Y algo empieza a moverse por dentro.


 

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